Un lúcido y valiente Olof Palme dijo que es para los Palestinos lo que Aushwitz fué para los judíos. La asamblea general de las Naciones Unidas calificó a través de una resolución, los hechos de masacre. Y todavía hoy la justicia, nacional e internacional, no ha juzgado a ninguno de sus responsables directos ni indirectos. Hoy hemos visitado el campo de refugiados de Chatila.
El ejército israelí habia ocupado el Líbano algo más de dos meses antes que el maronita Bashir Gemayel y decenas de sus hombres murieran en un atentado no reivindicado todavía hoy. Dos días antes Gemayel –presidente de un Líbano ocupado por Israel- se reunía con el en aquel entonces jefe de las tropas hebreas como ministro de defensa israelí, Ariel Sharon, aliado de los falangistas libaneses.
Las falanges libanesas y el ejército invasor se reunian para acordar que los soldaros israelís rodearan Sabra y Chatila para que los falangistas libaneses entraran, y entregaran a los combatientes de la OLP.
Los dirigentes de la OLP, debidamente escoltados, ya habían abandonado Beirut destino a Túnez, dejando atrás a sus mujeres, hijos, primos, padres, madres y amigos. Unos campos que habían sido ya desarmados. Unos guettos de refugiados palestinos, a merced del invasor y sus aliados interiores que vió y vivió la venganza –para muchos injustificada- de las falanges de la ultraderecha cristiana, ayudada por el ejèrcito israelí.
La tarde del jueves 16 de septiembre de 1982 las falanges libanesas entraban en los campos de refugiados de Sabra y Chatila, armados con pistolas, cuchillos y machetes, en el Beirut Oeste rodeado por el ejèrcito israelí, que controlaba la zona des de una de las muchas cimas que coronan la capital libanesa, violandp el acuerdo que Israel había cerrado con los Estados Unidos de respetar el Beirut Oest. Desde ahí los israeliaes iluminaban con bengalas los campos para que los ultraderechistas libanís consumaran la masacre. Fueron tres días con sus respectivas noches, donde la población palestina fué masacrada. Nadie podía entrar ni salir de los campos. La Kneset israelí negó estar al corriente, cuando desde la cima desde donde el ejército de ocupación vigilaba los campos se dominaba perfectamente la acción salvaje. Hombres, pero sobretodo mujeres y niños, fueron asesinados, muchos de ellos decapitados, desmembrados, e incluso –i la crueeldad no es deseada- hay documentos que muestran a mujeres abiertas en canal para sacar de sus vientres a sus hijos gestantes. Las fuentes situan a los muertos entre 700 y 3000. La magnitud del crimen hizo reaccionar esta vez, y de manera explícita, a la nombrada comunidad internacional. Los Estados Unidos mostraron su enfado a Israel –entonces la autoridad militar en la zona. Una comisión de la ONU llamada Kahan dictaminó que las Fuerzas de defensa de Israel destinada en el Líban fueron indirectamente responsables de los hechos por no evitar las matanzas. Unas matanzas que merecieron la calificación de genocidio por parte de la Asamblea general de las Naciones Unidas, a través de la resolución 37/123.
Y cuando en el parlamento israelí hubo quien pidió explicaciones, su comandante en jefe, Ariel Sharon, dijo textualmente “no son judíos ni los muertos ni sus asesinos, por lo tantó, qué les preocupa tanto?”
Hoy Sharon continua su carrera política y en Chatila hay una esplanada que recuerda la masacre. Allí hay enterradas las víctimas, en un lugar donde hace poco más de cinco años incluso se había intentado borrar la memoria permetente que se ha instalado un vertedero de basuras. No puedes mantener-te indiferente ante la evidencia de unos hechos que aún hoy no han condenado sus responsables.

Rita Marzoa, periodista de Catalunya Radio.

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